Saltar al contenido

A nadie le gusta que le distraigan

Da igual que sea cuando vamos solos, con nuestra música, nuestros pensamientos o nuestras búsquedas por internet. Y eso es precisamente lo que hace la publicidad habitual. Distraernos sin ofrecernos algo que pase del “distraer” al “resultar de utilidad”.

El nuevo paradigma nos ha convertido en consumidores cada vez más exigentes. No tenemos ningún reparo en decir que tenemos prisa al vendedor que nos aborda por la calle. O a ignorar los productos del escaparate de un mercado. Nos resulta molesto que el tendero nos insista en que tiene la mejor variedad de judías.

Las marcas, productos o servicios más queridos son aquellos que nos aportan soluciones. No los que nos distraen. E incluso en esas ocasiones, no siempre estamos dispuestos a escuchar varias veces lo que nos está contando. Es como cuando tenemos un amigo que cuenta muy bien sus chistes. Hasta que lleva diez.

La brecha es cada vez mayor por falta de músculo, sobre todo creativo. Lo mismo sucede en la marca personal. Ofrecer los mismos servicios o valor que las veinticinco personas que nos preceden suponen una distracción para el empresario. Mostrarle una habilidad que le permita hacer crecer a su empresa es el inicio de una conversación que él mismo querrá comenzar.

Por todas estas razones, sea desde nuestra marca personal o comercial debemos siempre pensar en qué estamos aportando con cada una de nuestras acciones. Si son realmente valiosas para las personas a las que nos dirigimos. Si pueden vivirlas y comprobarlo. En otro caso, estaremos molestando y distrayendo. Y a nadie le gusta que le distraigan.